Esa misma tarde partimos hacia León. Esteban había contactado a tres hombres de confianza, exmilitares que le debían favores a don Roberto. Viajamos en dos camionetas por carreteras secundarias evitando las casetas. Yo iba callada con el estómago hecho un nudo, pensando en don Roberto encerrado, quizás herido, quizás sufriendo. Llegamos a León al caer la noche. La ciudad brillaba con sus luces, pero nosotros nos dirigimos a la zona industrial, donde las bodegas abandonadas se alineaban como fantasmas de acero y concreto.
Esteban detuvo la camioneta en una calle oscura. Esa es”, dijo señalando una bodega grande con las ventanas rotas. “Mis contactos confirmaron que lo tienen ahí. Hay al menos seis hombres custodiando.” Mi corazón latía tan fuerte que sentía que se me saldría del pecho. “¿Qué hacemos? Tú te quedas aquí”, ordenó Esteban. “Nosotros entraremos y sacaremos a don Roberto.” “¿No dije con firmeza, yo voy con ustedes, me quieren a mí? Si ven que estoy ahí, tal vez bajen la guardia.
Esteban negó con la cabeza. Es demasiado peligroso. Don Roberto arriesgó todo por mí. No me quedaré aquí esperando. Los hombres se miraron entre sí. Finalmente, uno de ellos, un tipo grande llamado Marcos, asintió. Tiene agallas, pero si algo sale mal, corres. ¿Entendido? Asentí. Me dieron un chaleco, una linterna y un radio. Revisaron sus armas. Yo temblaba, pero traté de mantener la calma. Caminamos en silencio hacia la bodega. La luna apenas iluminaba el camino. A lo lejos se escuchaban perros ladrando.
Nos dividimos. Esteban y Marcos irían por la entrada principal, los otros dos por la parte trasera. Yo me quedaría escondida cerca, lista para actuar si era necesario. Pasaron 10 minutos que se sintieron como horas. De repente escuché gritos, disparos. Mi corazón se detuvo. Sin pensarlo dos veces, corrí hacia la bodega. La puerta estaba entreabierta. Adentro el caos. Hombres gritando, luces de linternas cruzándose. Vi a Esteban forcejando con un tipo. Más allá, en el fondo, atado a una silla, estaba don Roberto.
“Papá!”, grité sin pensar. Él levantó la cabeza. Tenía el rostro golpeado, sangre en la frente, pero sus ojos brillaron al verme. Sofía, no, vete. Pero ya era tarde. Uno de los hombres me vio y se abalanzó sobre mí. Traté de correr, pero me agarró del brazo. Su aliento apestaba a alcohol. Mira nada más, la novia fugitiva. Luché, pateé, grité. Marcos apareció de la nada y lo tumbó de un golpe. Corre, Sofía. Corrí hacia don Roberto. Con manos temblorosas intenté desatar las cuerdas, pero estaban demasiado apretadas.
Don Roberto, lo siento, lo siento tanto. Él negó con la cabeza. No te disculpes, hija. Hiciste lo correcto. Ahora sácame de aquí. Finalmente, las cuerdas se dieron. Don Roberto se levantó con dificultad. Cojeaba. Le pasé el brazo por encima de mi hombro y comenzamos a salir. Pero en ese momento, una voz fría resonó en la bodega. Alto ahí me giré. Un hombre de traje entró caminando con calma. Era alto, de cabello gris, con una mirada que helaba la sangre.
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