Mi dinero son 200.000 pesos y una orden: ‘¡Cámbiate de ropa, sal por la ventana, rápido…

Detrás de él más hombres armados. “Señorita Sofía”, dijo con una sonrisa cruel. “Qué valiente de su parte venir hasta aquí. Me ahorra el trabajo de buscarla. ¿Quién es usted?, pregunté temblando. Me llamo Héctor Salazar, empresario y dueño, o al menos pronto lo seré de las tierras que su difunto padre dejó. Tierras que usted va a firmarme ahora mismo. Jamás, dije con voz temblorosa, pero firme. Héctor rió. Jamás. Veamos si cambia de opinión. Chassqueó los dedos y dos de sus hombres arrastraron a alguien más.

Mi corazón se detuvo. Era Diego. Estaba golpeado, sangrando, pero vivo. Diego! Grité, Sofía, no lo hagas”, dijo él con voz ronca. No les des nada. Héctor sacó una pistola y la apuntó a la cabeza de Diego. Firma los papeles o tu esposo muere aquí mismo. Tú decides. El mundo se detuvo. Don Roberto me apretó el hombro. No lo hagas, Sofía. Es una trampa. Si firmas, nos matarán a todos de todas formas. Lágrimas corrían por mi rostro. Miré a Diego, al hombre que amaba con una pistola en la cabeza.

Miré a don Roberto, el hombre que me había salvado. Y luego miré a Héctor, el monstruo que quería robarme todo. “Está bien”, dije con voz quebrada. “Firmaré, pero déjenlos ir primero.” Héctor sonríó. Eres más lista de lo que pensaba, pero no firmas primero, luego veremos. Sacó unos papeles de su saco, los puso sobre una mesa oxidada. Aquí, firma aquí. Di un paso adelante con las manos temblando. Tomé la pluma. Don Roberto me gritó que no lo hiciera.

Diego luchaba contra sus captores, pero yo sabía que no tenía opción. O firmaba o los mataban a ambos frente a mí. Justo cuando la pluma tocó el papel, las sirenas de la policía resonaron afuera. Luces rojas y azules iluminaron la bodega. Héctor maldijo. Sus hombres entraron en pánico. Es una trampa! Gritó uno de ellos. Esteban había llamado a la policía. El caos estalló de nuevo. Disparos, gritos, carreras. Solté la pluma y corrí hacia Diego. Lo abracé mientras los policías entraban en masa.

Héctor intentó huir, pero lo rodearon. Don Roberto se dejó caer al suelo, agotado, pero vivo. Diego me abrazó con fuerza. Pensé que te perdería, susurró. Nunca, respondí llorando. Nunca. Pero mientras los policías esposaban a Héctor y a sus hombres, supe que esto no había terminado. La amenaza había sido neutralizada, pero las heridas, el miedo, el trauma, eso tardaría mucho más en sanar. Si quieren saber cómo termina esta historia y conocer muchas más, denle al botón rojo de suscribirse.

Es gratis y me ayuda muchísimo. Los días siguientes fueron un torbellino. Don Roberto fue hospitalizado. Tenía tres costillas rotas, contusiones en todo el cuerpo, pero los doctores dijeron que se recuperaría. Diego también recibió atención médica. Yo, en cambio, no tenía heridas físicas, pero por dentro estaba destrozada. La policía nos interrogó durante horas. Les contamos todo. Las tierras, la herencia, las amenazas, el secuestro. Héctor Salazar fue arrestado junto con sus cómplices. Las investigaciones revelaron que llevaba años intentando apropiarse de tierras ajenas mediante extorsión y violencia.

éramos solo una de muchas familias que había atacado. Pero mientras estaba en el hospital junto a don Roberto, él me tomó la mano y me dijo algo que cambió mi perspectiva para siempre. Sofía, ¿hay algo más que necesitas saber? Lo miré con el corazón en un puño. ¿Qué cosa, don Roberto? Tu padre. Tu verdadero padre, Ernesto. Él no murió en un accidente. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. ¿Qué? Don Roberto respiró hondo con dificultad.

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