Lo mataron. La misma gente que trabajaba para Héctor querían las tierras desde entonces. Tu madre trató de protegerte, pero también fue asesinada. Por eso te envié con tu tía a Querétaro, para que estuvieras lejos, a salvo hasta que fueras mayor de edad. Las lágrimas brotaron incontrolables. Toda mi vida había creído que mis padres murieron en un accidente de coche. Toda mi vida había cargado con esa tristeza, sin saber que en realidad fueron asesinados por tierras, por dinero, por la codicia de hombres sin alma.
¿Por qué nunca me lo dijo? Susurré. Porque quería que vivieras en paz, aunque fuera por un tiempo, porque sabía que si te enterabas querrías venganza y eso te habría destruido. Diego entró a la habitación en ese momento, se sentó junto a mí y me abrazó. Sofía, yo también lo supe hace poco, por eso me casé contigo tan rápido. Quería protegerte, darte la protección de nuestro apellido, de nuestra familia. Lo miré con ojos llorosos. ¿Me amas? ¿O solo fue por protegerme?
Él me tomó el rostro entre sus manos. Te amo, Sofía, desde el primer día que te vi. Sí, sabía de las tierras, del peligro, pero me casé contigo porque no puedo imaginar mi vida sin ti. Eres la mujer más valiente que conozco. Lo abracé con fuerza, llorando en su hombro. Tanto dolor, tanta mentira, pero también tanto amor. En los días siguientes, los abogados me explicaron todo sobre la herencia. Las tierras en León valían más de 50 millones de pesos.
Con el desarrollo industrial de la zona, su valor seguiría subiendo. Yo era oficialmente una de las mujeres más ricas de Guanajuato y no tenía idea, pero el dinero no me importaba. Lo que me importaba era la verdad, la justicia para mis padres. Decidí usar parte del dinero para contratar investigadores privados. Quería saber exactamente quiénes habían matado a mis padres. Héctor Salazar estaba en prisión, pero yo sabía que él era solo una pieza. Había más gente involucrada. Un mes después, los investigadores me entregaron un informe.
Dos hombres habían ejecutado el asesinato de mis padres. Uno ya estaba muerto. El otro vivía en Monterrey bajo una identidad falsa. La policía lo arrestó días después. Cuando me llamaron para testificar en el juicio, enfrenté a ese hombre cara a cara. Era viejo, canoso, con la mirada vacía. Le pregunté por qué lo había hecho. Él solo respondió, “Órdenes, me pagaron bien. Sentí asco, rabia, pero también extrañamente alivio. Por fin sabía la verdad. Por fin podía cerrar esa herida.” Don Roberto se recuperó completamente.
Diego y yo volvimos a San Miguel de Allende, pero esta vez a una casa nueva, más segura. Pusimos sistemas de alarma, cámaras, guardias. No íbamos a arriesgarnos de nuevo. Decidí vender parte de las tierras, pero conservar las más importantes. Con el dinero creé una fundación en memoria de mis padres para ayudar a familias víctimas de extorsión y violencia. Quería que su muerte no fuera en vano. Una tarde, mientras Diego y yo caminábamos por las calles empedradas de San Miguel, me detuvo frente a la iglesia donde nos casamos.
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