¿Sabes? dijo él. Nuestra noche de bodas fue un desastre. Nunca tuvimos esa noche perfecta que soñabas. Sonreí con tristeza. No, pero sobrevivimos y eso es más valioso. Él me abrazó. Podemos tener una segunda noche de bodas, empezar de nuevo, esta vez sin peligro, sin miedo. Solo tú y yo. Asentí con lágrimas en los ojos. Me gustaría eso. Esa noche regresamos a casa, encendimos velas, pusimos música suave y por primera vez desde aquella noche caótica estuvimos juntos como esposos, en paz, en amor, sin sombras, acechando.
Pero incluso en medio de esa felicidad sabía que las cicatrices nunca desaparecerían del todo, que cada vez que cerrara los ojos recordaría el rostro de don Roberto diciéndome que huyera. Recordaría la pistola apuntando a la cabeza de Diego. Recordaría el miedo, el dolor, la pérdida. Y sabía que aunque Héctor estaba en prisión, el mundo seguía lleno de hombres como él, hombres dispuestos a destruir vidas por dinero. Y eso me aterraba. Los meses pasaron. La vida volvió a una especie de normalidad, aunque nunca sería la misma.
Don Roberto se jubiló y se mudó con nosotros. Decía que quería estar cerca, vigilarnos, protegernos. Yo lo llamaba papá porque eso era para mí, un padre. Diego retomó su trabajo en la empresa familiar, pero ahora con un rol más activo. Yo, por mi parte, me dediqué a administrar la fundación. Ayudamos a más de 100 familias en el primer año. Cada historia que escuchaba me rompía el corazón, pero también me daba fuerzas para seguir. Sin embargo, la paz no duró mucho.
Una tarde recibí una llamada anónima. Una voz distorsionada me dijo, Héctor Salazar no era el único. Hay más y vienen por ti. Colgé temblando. Le conté a Diego. Él llamó a la policía, pero me dijeron que sin pruebas no podían hacer nada. Las amenazas vacías no eran suficientes para abrir una investigación. Esa noche no dormí. Cada ruido me sobresaltaba. Diego instaló más cámaras, contrató más guardias, pero yo sabía que no podíamos vivir así para siempre, encerrados, con miedo.
Días después, uno de los guardias encontró un sobre en la entrada. Dentro, una foto mía tomada desde lejos con una cruz roja sobre mi rostro. Y una nota, las tierras o tu vida. Diego explotó. Ya basta. Vamos a vender todo. No vale la pena. Pero yo negué con la cabeza. No, si cedemos ahora, nunca pararán. Siempre habrá alguien más. Tenemos que enfrentarlos. Don Roberto me apoyó. Tiene razón, hijo. No podemos vivir huyendo. Contraté más investigadores. Rastrearon la llamada, la foto, todo.
Descubrieron que había un grupo nuevo liderado por un hombre llamado Rodrigo Valdés, socio de negocios de Héctor desde prisión. Él había tomado el control de la operación. Decidimos tenderle una trampa. Hice público que estaría en León, en las oficinas del notario, firmando la venta de una de las tierras. Era una mentira, pero la difundimos en redes, en periódicos. Queríamos que Rodrigo mordiera el anzuelo. El día señalado, la policía rodeó la zona. Yo estaba en una sala con cámaras ocultas acompañada de Diego y don Roberto.
Esperamos una hora. Dos horas, nada. Justo cuando pensábamos que no vendría, la puerta se abrió. Entró Rodrigo Valdés, un hombre joven, no mayor de 30 años, con traje caro y sonrisa arrogante. “Señorita Sofía”, dijo sentándose frente a mí. “Qué gusto conocerla por fin. No es mutuo”, respondí con frialdad. El río. Entiendo. Héctor fue un idiota demasiado violento. Yo prefiero los negocios limpios. Por eso estoy aquí. Quiero comprarle las tierras a un precio justo. No están en venta.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
