Mi dinero son 200.000 pesos y una orden: ‘¡Cámbiate de ropa, sal por la ventana, rápido…

Su sonrisa se desvaneció. Todo tiene un precio, señorita. Incluso su tranquilidad. Me está amenazando. Solo le ofrezco una salida. Acepte mi oferta o las cosas se pondrán complicadas. En ese momento, la policía irrumpió. Rodrigo se levantó de un salto, pero ya era tarde. Lo esposaron. En su teléfono encontraron pruebas, mensajes, fotos, planes, suficiente para arrestarlo. Pero mientras se lo llevaban, me miró con odio. Esto no termina aquí, Sofía. Siempre habrá alguien más. Sus palabras me helaron la sangre porque sabía que tenía razón.

En las semanas siguientes, más arrestos, más nombres saliendo a la luz, una red entera de corrupción, extorsión, asesinatos, todo por tierras, por dinero, por poder. Yo colaboré con la fiscalía, di testimonios, entregué documentos, quería que todos pagaran, no solo por mí, sino por mis padres, por las cientos de familias que habían sufrido como nosotros. El juicio fue largo, meses de declaraciones, pruebas, debates, pero al final justicia. Héctor Salazar fue sentenciado a 30 años, Rodrigo Valdés a 25, otros cómplices, apenas menores, pero todos en prisión.

Cuando salí de la corte el día de la sentencia, los periodistas me rodearon. Me preguntaron cómo me sentía, si estaba satisfecha, si por fin tenía paz. Miré a las cámaras y dije, “La justicia se hizo, pero la paz esa es algo que tengo que construir cada día, porque el miedo no desaparece con una sentencia, las cicatrices no sanan con dinero, pero seguiré adelante por mis padres, por mi familia, por todas las víctimas que no tuvieron la suerte que yo tuve.” Esa noche, de regreso en San Miguel, Diego preparó una cena especial.

Don Roberto brindó con tequila. Por la familia, dijo, “por la justicia, por Sofía, la mujer más valiente que conozco. Brindamos, reímos, lloramos porque después de todo el dolor, la pérdida, el miedo, seguíamos juntos, seguíamos vivos y eso era lo único que importaba. Pero esa noche, antes de dormir, miré por la ventana hacia las estrellas y pensé en mis padres, en cómo habrían sido ellos, en qué me habrían dicho si estuvieran aquí. Y aunque nunca lo sabría, sentí su presencia, su amor, su orgullo.

Descansen en paz, susurré. Por fin hice justicia. Por fin están en paz. Cerré los ojos con Diego abrazándome y por primera vez en mucho tiempo dormí sin pesadillas. Pero en el fondo sabía que la lucha nunca termina, que siempre habrá alguien dispuesto a quitarte lo que es tuyo y que la única forma de sobrevivir es estar alerta, siempre alerta. Pasó un año desde aquel juicio. La fundación creció. Ayudamos a más de 500 familias. Compramos tierras para proyectos comunitarios.

Construimos escuelas, clínicas, todo en nombre de mis padres. Diego y yo renovamos nuestros votos. Esta vez una ceremonia pequeña, íntima, solo con don Roberto y algunos amigos cercanos, sin miedo, sin peligro, solo amor. Don Roberto me acompañó al altar, lloró. Yo también estoy orgulloso de ti, hija! Me dijo, tus padres estarían orgullosos. Asentí con el corazón lleno. Gracias, papá, por todo, por salvarme, por amarme como su hija. Él me abrazó fuerte. Siempre serás mi hija. Siempre. La vida continuó tranquila, pacífica, o al menos lo más pacífica que podía ser.

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