Mi esposa embarazada ahorró $7,000 para nuestro bebé, y le pedí que se los diera a mi hermana. Se negó, y luego me contó que parte de ese dinero era el último regalo de mi difunta madre, para ayudarme a quedarme en casa cuando naciera el bebé. La carta que dejó cambió mi perspectiva sobre la familia.

Un segundo movimiento siguió, esta vez más claro.

"¡Alto!", gritó. "¡Alto todo, mi bebé se mueve!".

El proceso de cremación se detuvo de inmediato. Se llamó a los servicios de emergencia y a la policía, porque Elena ya había sido declarada fallecida y el protocolo exigía documentación.

Los médicos llegaron en minutos. La Dra. Camila Ortega exigió silencio y espacio. Colocó un estetoscopio contra el abdomen de Elena.

Su rostro cambió.

"Hay un latido", dijo, atónita. “Débil, pero real.”

El mundo se tambaleó.

Elena se había ido, pero el bebé seguía luchando.

Allí mismo, dentro del crematorio, el equipo médico se preparaba para una intervención de emergencia, porque cada segundo contaba.

“Su esposa está clínicamente muerta”, le dijo el Dr. Ortega a Mateo con voz firme. “Pero el feto aún tiene actividad cardíaca. Intentaremos una cesárea perimortem.”

Mateo no podía respirar. Se quedó a un metro de distancia, temblando, mientras los médicos trabajaban con rapidez y precisión.

Cuando llegaron al útero, el Dr. Ortega susurró: “Aquí está”.

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