La casa no era lo que recordaba.
Las paredes descoloridas habían desaparecido, reemplazadas por pintura fresca de un amarillo brillante. El jardín estaba inmaculado: rosas, buganvillas, setos podados. Una nueva valla de madera enmarcaba la propiedad. Y aparcado en la entrada había un sedán que parecía casi nuevo.
Revisé la dirección.
Era correcta.
"Quizás se las arregló bien", me dije. "Quizás 300 dólares al mes den para mucho".
Aun así, la inquietud me seguía al bajar del coche con los regalos.
Toqué el timbre.
Se oían risas desde dentro.
Risas de niños.
Y una voz de mujer. Una voz que me heló la sangre.
Me quedé paralizada. Esa risa —ligera, musical, que terminaba en un suave suspiro— la reconocería en cualquier lugar.
“Esto no es real”, me dije. “Estás agotada. El dolor hace esto”.
La puerta se abrió.
Un niño pequeño estaba allí, no mayor de cuatro años, con un juguete de plástico en la mano. Me miró con curiosidad.
“¿Quién eres?”, preguntó.
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