Mi esposa falleció hace años. Cada mes le enviaba $300 a su madre. Hasta que me enteré...

Antes de que pudiera responder, una voz gritó desde adentro:

“¡Mateo, no abras la puerta así!”.

Salió al pasillo, secándose las manos con un paño de cocina.

El tiempo se detuvo.

El mundo se quedó en silencio.

A tres metros de mí estaba Marina.

Viva.

No era un fantasma. No era un recuerdo.

Tenía el pelo más corto.

Parecía más llena. Llevaba una sencilla bata de casa. Pero era ella: sus ojos, su sonrisa, la pequeña cicatriz en la barbilla.

Su rostro palideció al verme.

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