Risas de niños.
Y una voz de mujer. Una voz que me heló la sangre.
Me quedé paralizada. Esa risa —ligera, musical, que terminaba en un suave suspiro— la reconocería en cualquier lugar.
“Esto no es real”, me dije. “Estás agotada. El dolor hace esto”.
La puerta se abrió.
Un niño pequeño estaba allí, no mayor de cuatro años, con un juguete de plástico en la mano. Me miró con curiosidad.
“¿Quién eres?”, preguntó.
Antes de que pudiera responder, una voz gritó desde adentro:
“¡Mateo, no abras la puerta así!”.
Salió al pasillo, secándose las manos con un paño de cocina.
El tiempo se detuvo.
El mundo se quedó en silencio.
A tres metros de mí estaba Marina.
Viva.
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