No era un fantasma. No era un recuerdo.
Tenía el pelo más corto.
Parecía más llena. Llevaba una sencilla bata de casa. Pero era ella: sus ojos, su sonrisa, la pequeña cicatriz en la barbilla.
Su rostro palideció al verme.
"¿Roberto?", susurró.
Las bolsas se me cayeron de las manos. Las latas rodaron por el suelo, rompiendo el silencio.
"¿Marina?", logré decir.
Retrocedió como si yo fuera la pesadilla.
"No... no deberías estar aquí".
Entonces apareció Doña Clara, con aspecto mayor, pero sana.
Las piezas no encajaban.
Mi esposa "muerta".
Su madre, a quien había mantenido durante años.
Y una niña aferrada a la pierna de Marina, llamándola Mamá.
"Te enterré", dije con la voz fría. "Lloré sobre tu ataúd. He pagado por tu memoria durante cinco años".
Marina se derrumbó. Lágrimas de culpa y pánico.
Un hombre salió de otra habitación: alto, corpulento, desconocido.
"¿Qué pasa?", preguntó.
"Este es Roberto", dijo Marina en voz baja. "Mi... exmarido".
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