Mi esposa falleció hace años. Todos los meses, sin falta, le enviaba $300 a su madre, hasta que finalmente descubrí la verdad…

"¿Roberto?"

Las bolsas de la compra se me resbalaron de las manos y golpearon el porche con un golpe sordo.

No podía hablar.

No podía respirar.

"Te enterré", logré decir por fin, las palabras escapando de mi garganta como cristales rotos.

El rostro de Marina se desvaneció.

Las lágrimas fluyeron al instante, pero no eran las lágrimas de alguien rescatado.

Eran las lágrimas de alguien atrapado.

Clara apareció detrás de ella —Clara Rodríguez— de pie, sana, con un suéter limpio y el cabello bien peinado.

No frágil.

No tiemblo.

No tengo dificultades.

Se veía… bien.

Entonces apareció un hombre detrás de ellos.

Desconocido. Corpulento. De unos cuarenta y tantos, quizás. Un rostro impasible, una postura protectora. Me miró como si evaluara una amenaza.

"¿Quién es?", le preguntó a Marina. La voz de Marina era un susurro.

"Mi exmarido."

Exmarido.

Esa palabra dolió más que el funeral.

Dolió porque la dijo como si siempre hubiera sido cierta. Como si el matrimonio que había llorado nunca hubiera existido como yo creía.

La mirada del hombre osciló entre Clara, Marina y yo.

Entonces preguntó con indiferencia, como confirmando un rumor:

"¿Es este el del dinero?"

Sentí un escalofrío.

La verdad no me había caído encima por casualidad.

Se quedó sin aliento.

El dinero.

Las transferencias.

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