Mi esposa falleció hace años. Todos los meses, sin falta, le enviaba $300 a su madre, hasta que finalmente descubrí la verdad…

El dinero se había vuelto automático. Sagrado. Intocable.

Pero esa mañana, algo no encajaba.

No estaba mal. Todavía no.

Simplemente… pesado.

Ese peso que sientes justo antes de darte cuenta de que llevas algo que nunca debió haberte pertenecido.

Marina y yo nos conocimos en un supermercado.

Nada romántico, nada cinematográfico. Nada de truenos. Nada de cámara lenta. Solo un martes por la noche y un carrito con ruedas chirriantes.

Estaba a punto de coger una bolsa de arroz cuando oí su voz detrás de mí.

"Disculpa", dijo educadamente, "¿sabes si este es mejor que el de jazmín?".

Me giré y la vi: cabello oscuro recogido, sin maquillaje, una sonrisa cansada, como si ya hubiera tenido un día largo y todavía intentara ser amable. Sostenía dos bolsas de arroz en las manos, como si la elección fuera de suma importancia.

No sé por qué respondí así. Quizás porque parecía alguien que intentaba llamar la atención.

"Jazmín si te gusta el aroma", dije. "Basmati si lo prefieres esponjoso".

Se rió suavemente.

"Me sienta bien lo esponjoso", dijo, y volvió a colocar el jazmín en su sitio.

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