Marina adoraba a su madre con una pasión casi feroz. No era una adoración ciega, sino un amor protector. Marina había crecido viendo a su madre sufrir tras la muerte de su marido. Había visto las facturas, el agotamiento, la soledad. Una vez me dijo, medio en broma pero con una seriedad innegable:
"Si me pasa algo, prométeme que no dejarás que mi madre sufra".
Recuerdo haber puesto los ojos en blanco suavemente.
"No te pasará nada", dije. "Para".
Marina sonrió como si no me creyera.
"Promételo de todas formas", insistió.
Y así lo hice.
Y como la mayoría de las promesas hechas en un momento de tranquilidad, no me di cuenta de lo pesada que podía llegar a ser hasta el día en que fue lo último que me quedaba.
Nos casamos en una ceremonia íntima bajo flores blancas, casi demasiado brillantes para mi corazón ansioso. Marina llevaba encaje y parecía haber encontrado por fin su lugar. Mi madre la abrazó y le susurró "bienvenida" como si Marina fuera la hija que siempre había anhelado. Clara lloró en silencio en la primera fila, agarrando un pañuelo y rezando sin cesar.
Después de la boda, Marina y yo volvimos en coche a nuestra casa en las afueras de Arizona y empezamos a construir el futuro del que habíamos hablado.
No fue glamuroso, pero era real.
Mañanas en las que bailaba en la cocina mientras preparaba café. Tardes acurrucadas en el sofá, con las piernas entrelazadas, viendo series a las que apenas prestábamos atención. Noches en las que se dormía con el pelo sobre mi hombro y yo me quedaba despierta escuchando su respiración, porque me tranquilizaba más que nada.
Hablamos de tener un hijo.
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