Me dijeron que el ataúd estaría sellado.
Me dijeron que era mejor no verla.
En ese momento, les creí.
Porque mi mente no soportaba la alternativa: que estuvieran mintiendo.
El funeral fue un desenfoque. Un desenfoque que te permite verlo todo sin sentir nada, como si observaras tu propia vida a través de un cristal.
El ataúd llegó sellado. La iglesia olía a lirios. La gente me abrazaba y decía cosas como: «Está mejor donde está» y «Dios necesitaba un ángel», y yo quería gritar porque nada de eso tenía sentido.
El recuerdo más vívido que tengo de ese día es de Clara Rodríguez.
Temblaba incontrolablemente, aferrándose a mí como si yo fuera lo único que la mantenía en pie. Parecía más pequeña que nunca, la pena se encogía en sí misma. Recuerdo sus uñas clavándose en mi brazo, como si intentara aferrar la realidad a través de mi piel.
"Mi Marina", sollozó. "Mi bebé".
La sostuve en mis brazos y sentí que algo dentro de mí se rompía de una manera diferente.
No solo dolor por mi esposa.
Responsabilidad.
Las palabras de Marina resonaron en mi cabeza como una orden:
Promételo.
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