Dime que no dejarás que mi madre sufra.
De pie junto a la tumba de Marina, con la tierra aún fresca, renové mi promesa.
"Cuidaré de ti", le dije a Clara. "Todos los meses. Comida, medicinas, todo lo que necesites. Eso es lo que Marina quería".
Clara lloró aún más fuerte. Me dio las gracias. Me besó las manos. Me dijo que era un buen hombre.
Regresó sola a su pueblo.
Y desde ese momento, cada mes, trescientos dólares salían de mi cuenta y entraban en la suya.
Una suma pequeña. No lo suficiente para arruinarme.
Pero para mí, era sagrado.
Ese pago parecía ser el último vínculo con Marina, la prueba de que yo seguía siendo, en cierto modo, su marido. La prueba de que seguía haciendo algo bueno en un mundo que se había desmoronado.
El primer año, esperé a que el dolor se calmara.
No.
Se convirtió en una rutina. Como un dolor que deja de gritar y permanece ahí, constante, sordo, agotador. Mis amigos intentaron devolverme la vida.
“No puedes seguir viviendo así”, me dijo mi amigo Jorge una noche tomando una cerveza. “Ya no eres responsable”.
“No se trata de responsabilidad”, le dije. “Se trata de cumplir una promesa”.
Jorge suspiró, el tipo de suspiro que sueltas cuando te das cuenta de que estás hablando con alguien cuyo dolor se ha convertido en parte de su ser.
Lo intentó de nuevo unos meses después.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
