Nunca cuestioné su brevedad. Clara era mayor. Estaba de luto. No era de las que mandan mensajes. No me debía ninguna conversación.
Me lo dije.
Me dije muchas cosas para no mirar demasiado de cerca.
Porque si la promesa no era real, ¿qué quedaba de mi matrimonio?
Y si ese pago no era sagrado, ¿qué sentido tenía sobrevivir?
Todo cambió un martes por la tarde como cualquier otro.
El banco me contactó, no para confirmar la transacción, sino para informarme de un problema. La sucursal local de Clara había cerrado. Necesitaban información actualizada para asegurar que las transferencias continuaran.
Debería haber sido sencillo.
Un nuevo número de ruta. Una llamada rápida. Un formulario.
En cambio, sentí como si alguien hubiera tirado del hilo y que, de repente, todo el tejido de mi vida estaba a punto de desmoronarse.
Intenté llamar a Clara a su teléfono fijo.
Sin señal.
Probé con el móvil que le había comprado años atrás, el que Marina había insistido en que le compráramos porque su madre necesitaba "algo fiable".
Buzón de voz. Lleno.
Una fría inquietud se apoderó de mi pecho.
Me di cuenta de que no había hablado con Clara en meses. Ni una sola vez. Solo aparecían algunos mensajes cortos de vez en cuando.
Y ahora, incluso esos mensajes me resultaban sospechosos, de una forma que mi cerebro se negaba a reconocer.
Revisé mis días de vacaciones no utilizados en el trabajo.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
