Mi esposo acababa de salir de viaje de negocios cuando mi hija de seis años susurró: «Mami... tenemos que irnos. ¡Ya!». Le pregunté: «¿Qué? ¿Por qué?». Temblaba al responder: «No tenemos tiempo. Tenemos que salir de casa ahora mismo». Agarré nuestras maletas y me dirigí a la puerta, y entonces sucedió.

“De acuerdo”, dije, forzando mi voz a mantener la calma para no asustarla más. “Nos vamos. Ahora mismo”.

Mi cuerpo se movió como si lo supiera antes que mi cabeza. Agarré mi bolso, metí el cargador del móvil, cogí la mochila de Lily y las llaves del coche. No llevé abrigos. No llevé juguetes. Llevé lo importante: el DNI, el dinero y la carpeta de emergencias que siempre tenía a mano porque mi madre me había enseñado a tener todo en un mismo sitio.

Lily estaba de pie junto a la puerta, dando saltos, susurrando:

“Date prisa”.

Alcancé el pomo.

Y entonces sucedió.

El pestillo de la cerradura, que nunca cerraba durante el día, se cerró solo.

No fue un clic silencioso.

Un *clac* agudo y definitivo, como una decisión tomada por nosotros.

Lo miré fijamente, conteniendo la respiración.

Entonces se iluminó el teclado del panel de alarma junto a la puerta.

Un suave pitido sonó —uno, dos, tres—, exactamente el mismo tono que al activar el sistema remoto.

La voz de Lily salió como un sollozo.

"Mamá... nos encerró."

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