Me llevaron de urgencia a un hospital en Ciudad de México con un dolor en el abdomen que me doblaba en dos. En el taxi, cada tope me arrancaba un gemido. Las luces de Insurgentes pasaban como un túnel borroso detrás del cristal. Yo, Isabel Romero, solo tenía un objetivo: no desmayarme antes de llegar.
En urgencias me pusieron suero, me hicieron preguntas rápidas —si estaba embarazada, si tomaba medicamentos, si había comido algo en mal estado—. Respondí como pude. Después todo fue ruido, pasos, el pitido constante de un monitor.
Cuando abrí los ojos, la luz era blanca y fría. Olía a desinfectante. Y ahí estaba él.
Mi hermano.
El Dr. Alejandro Romero, cuarenta y dos años, médico internista de guardia. El hombre que podía sonar duro incluso cuando estaba salvándote la vida.
—¿Por qué no viniste antes? —gruñó sin mirarme, revisando los estudios—. ¿Cuántos días llevas así?
Intenté sonreír.
—Quería darle emoción a la semana… —murmuré.
Pero Alejandro no sonrió.
Releyó una línea. Luego otra.
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