Mi esposo aumentó mi seguro de vida. Días después terminé en urgencias. Mi hermano cerró mi expediente y dijo: “Esto no fue un accidente.”

Y en ese instante vi algo que nunca había visto en su cara: miedo.

Cerró la carpeta como si quemara. Miró hacia la puerta, comprobó que estaba cerrada y bajó la voz.

—Voy a llamar a la policía. Y hoy mismo te vas de tu casa.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Qué estás diciendo?

Tragó saliva.

—No es coincidencia, Isa. Es deliberado.

El aire se me atoró en la garganta.

—¿Deliberado… qué?

—Tus análisis muestran exposición repetida a un anticoagulante y a un tóxico gastrointestinal. En pequeñas dosis parece gastritis. Estrés. Un virus. En dosis más altas… te manda a terapia intensiva. O peor.

El mundo se inclinó.

—No… —susurré.

—¿Quién vive contigo? —preguntó sin rodeos.

—Sergio.

Cinco años juntos. Cafés por la mañana. Mensajes de “cuídate”. Sopa cuando me enfermaba. El hombre que insistía en cocinar “para que descansara”.

Alejandro me sostuvo la mirada.

—Cuando te den de alta, no regresas con él. Ni por ropa. Ni para hablar. Nada.

En ese momento tocaron la puerta.

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