Y entendí algo que me costó aceptar:
El peligro real no siempre grita.
A veces cocina para ti.
Te sonríe.
Te dice “yo me encargo”.
Hasta que un día alguien abre una carpeta médica y decide que tu vida vale más que el silencio.
Hoy sigo recuperándome. El cuerpo sana más rápido que la confianza. Pero cuando me miro al espejo, veo a una mujer distinta.
No más silencios para mantener una paz falsa.
No más excusas para justificar el control.
Sobrevivir también es denunciar.
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