Mi esposo aumentó mi seguro de vida. Días después terminé en urgencias. Mi hermano cerró mi expediente y dijo: “Esto no fue un accidente.”

Y entendí algo que me costó aceptar:

El peligro real no siempre grita.

A veces cocina para ti.
Te sonríe.
Te dice “yo me encargo”.

Hasta que un día alguien abre una carpeta médica y decide que tu vida vale más que el silencio.

Hoy sigo recuperándome. El cuerpo sana más rápido que la confianza. Pero cuando me miro al espejo, veo a una mujer distinta.

No más silencios para mantener una paz falsa.
No más excusas para justificar el control.

Sobrevivir también es denunciar.

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