Mi esposo cambió a nuestra familia de cuatro por su amante. Tres años después, los volví a encontrar y fue perfectamente satisfactorio.

Esa noche marcó el comienzo del capítulo más difícil —y transformador— de mi vida.

Antes de que todo se desmoronara, mi mundo giraba en torno a la rutina. Era madre de dos hijos y vivía días llenos de compartir coche, revisar las tareas y cenar en familia. Lily, mi brillante y enérgica hija de doce años, y Max, mi inagotable hijo de nueve, eran mi universo entero. La vida no era perfecta, pero creía firmemente que éramos felices.

Stan y yo habíamos construido nuestra vida desde cero. Nos conocimos en el trabajo y conectamos al instante. La amistad se convirtió en amor, y poco después, me propuso matrimonio. Decir que sí me pareció natural.

Con los años, enfrentamos contratiempos y dificultades, pero creía que solo nos habían fortalecido. Estaba equivocada.

Últimamente, Stan llegaba tarde a casa. Lo atribuía a la ambición: plazos, presión, exigencias profesionales. Ya no estaba tan presente, pero me decía a mí misma que el amor no desaparece solo porque alguien esté cansado.

Ojalá hubiera sabido la verdad antes.

Pasó un martes. Lo recuerdo porque estaba preparando sopa de letras para la cena, la favorita de Lily.

Oí que se abría la puerta, seguida del crujido de unos tacones desconocidos. Me dio un vuelco el corazón. Stan nunca llegaba temprano a casa.

"¿Stan?", llamé, secándome las manos al entrar en la sala.

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