Fue entonces cuando los vi.
Stan estaba junto a una mujer alta, refinada y segura de sí misma. Su mano, con manicura impecable, descansaba sobre su brazo como si perteneciera a él. Y Stan, mi marido, la miró con una calidez que no me había visto en meses.
"Bueno", dijo con frialdad, observándome de pies a cabeza, "no exagerabas. Se dejó llevar. Qué pena, tiene una estructura ósea decente".
Sus palabras me hirieron profundamente. Apenas podía respirar.
Stan suspiró, como si yo fuera la molestia.
“Lauren, tenemos que hablar”, dijo. “Soy Miranda. Y quiero el divorcio”.
La habitación dio vueltas. “¿Un divorcio? ¿Y nuestros hijos? ¿Y nosotros?”
“Estarás bien”, respondió con naturalidad. “Te enviaré la manutención. Miranda y yo vamos en serio. La traje aquí para que entiendas que no voy a cambiar de opinión”.
Entonces llegó el golpe final.
“Puedes quedarte en el sofá esta noche o ir a casa de tu madre. Miranda se queda”.
No lloré. Me negué a dárselo.
En cambio, subí las escaleras, cogí una maleta y preparé el equipaje para Lily y Max. Me temblaban las manos, pero me mantuve firme para ellos.
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