Mi esposo era ginecólogo. Confiaba en él más que en nadie. Hasta que otro médico me dijo que estaba esterilizada… sin haberlo sabido jamás.

Fui a un nuevo ginecólogo para una revisión que debía ser rutinaria. Nada especial. Solo cumplir con el chequeo anual que había pospuesto demasiado tiempo.

Pero en cuanto terminó la exploración, algo cambió. Frunció el ceño. Me preguntó, con un tono extraño, quién me había atendido antes. Respondí con naturalidad: mi esposo, también ginecólogo. Entonces el aire se volvió denso. Pesado. Casi imposible de respirar.

Me sostuvo la mirada durante unos segundos interminables. Después habló con una seriedad que me heló la sangre:

—Necesitamos hacer pruebas ahora mismo. Lo que estoy viendo no debería estar ahí.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

Había pedido la cita casi por inercia, como quien marca una casilla más en la lista de “adulto responsable”. Alejandro llevaba semanas insistiendo.

—Busca a alguien del hospital público —me dijo riendo—. Así no pensarán que te trato por favoritismo.

Era marzo en Ciudad de México y hacía frío. Yo seguía con el abrigo puesto cuando la enfermera apareció en la puerta y pronunció mi nombre. Todo parecía normal. Hasta que dejó de serlo.

—Valeria Hernández.

El consultorio del doctor Ricardo Salgado era luminoso, con una ventana enorme que daba a una calle tranquila de la colonia Del Valle. Él parecía unos cuarenta y pocos, pelo entrecano, gafas finas, una amabilidad sobria, casi tímida. Me hizo las preguntas rutinarias: antecedentes, ciclos, embarazos. Yo asentía, contestaba con monosílabos. Cuando mencioné que mi marido también era ginecólogo y trabajaba en una clínica privada en Polanco, Ricardo alzó una ceja, curioso.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.