—Entonces ya estará acostumbrada a estas cosas —bromeó, intentando relajar el ambiente.
Sonreí por compromiso. La verdad era que, desde que Alejandro abrió su propia clínica, evitábamos que él fuera mi médico. “Me cuesta separar lo personal de lo profesional contigo”, solía decirme, como si esa confesión íntima fuera una prueba de amor.
La exploración comenzó como cualquier otra: guantes, luz fría, instrucciones cortas. Yo miraba el techo, el típico panel con una imagen de nubes que intentaba ser calmante y solo me parecía ridícula. Oí cómo él cambiaba de instrumento, cómo la silla se movía ligeramente. Noté que se inclinaba más de lo normal, que tardaba demasiado en decir algo.
El silencio se fue haciendo denso. Dejé de pensar en la lista del súper y en el trabajo pendiente; empecé a notar el latido acelerado en las sienes. Él se apartó unos centímetros, y pude verlo fruncir el ceño detrás de la mascarilla. No era la expresión profesionalmente neutra a la que estaba acostumbrada; era incomodidad, o sorpresa, o algo peor.
—¿Quién la ha tratado antes? —preguntó, con un tono de voz diferente, más grave.
Tragué saliva.
—Mi marido —respondí—. Alejandro Ramírez. Es ginecólogo también.
Ricardo se quedó muy quieto. Se quitó los guantes con movimientos lentos, casi estudiados, y los tiró a la papelera metálica con un sonido seco que me hizo dar un pequeño salto. Luego se acercó al escritorio sin mirarme directamente.
—Valeria —dijo finalmente, usando mi nombre de pila por primera vez—, necesitamos hacer unas pruebas ahora mismo. Lo que estoy viendo… no debería estar ahí.
Sentí cómo el aire se hacía pesado a mi alrededor. Me incorporé un poco en la camilla, todavía cubierta con la bata de papel.
—¿Qué quiere decir? —pregunté, con la voz más aguda de lo normal.
Él evitó responderme directamente. Pulsó el timbre para llamar a la enfermera, abrió la pantalla del ecógrafo y empezó a preparar el equipo. Sus manos se movían rápidas, pero sus ojos seguían tensos, alertas.
—Vamos a hacer una ecografía transvaginal ahora mismo —anunció, intentando sonar rutinario—. Sólo… necesito confirmar algo.
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