—¿Ha tenido alguna intervención ginecológica en los últimos años? ¿Alguna sedación, algún procedimiento “menor” en la clínica de su marido, quizá? —preguntó Ricardo, midiendo cada palabra.
La memoria me devolvió un viernes por la tarde, hacía año y medio. Yo había ido a ver a Alejandro a su clínica en Polanco; él se quejaba de que tenía pocas pacientes ese día.
“Así aprovecho y te hago una revisión completa, que nunca tengo tiempo contigo”, me dijo, besándome la frente. Recuerdo el olor a desinfectante, el brillo metálico de los instrumentos. Recuerdo que me ofreció “relajarme” con un sedante ligero porque estaba muy tensa por el trabajo. Recuerdo que me desperté algo mareada, con un leve dolor abdominal que él atribuyó a “la manipulación”. Y luego salimos a cenar tacos como si nada.
La nausea se convirtió en un nudo de rabia sorda.
—Hubo una vez… —empecé—. Me sedó. Me dijo que era solo para una revisión más profunda. Duró poco, creo.
Ricardo cerró los ojos un instante, como si confirmara algo que no quería creer.
—Valeria, lo que le voy a decir es muy serio. Este tipo de procedimiento… es esterilización. Usted no puede quedarse embarazada de forma natural con esto. Y si no lo recuerda ni firmó nada, estamos hablando de algo completamente ilegal.
La palabra “esterilización” golpeó mi cabeza con la fuerza de una losa. Me quedé mirándole, como si esperara que se desdijera, que dijera que todo era un error, que la máquina estaba rota. Pero él no apartó la mirada.
—Quiero una segunda opinión —dije finalmente, la voz convertida en un hilo helado—. Y quiero un informe escrito. Detallado. Con todas las imágenes.
—Por supuesto —respondió él sin dudar—. Le haré un informe completo. Y, Valeria… —se inclinó hacia delante, bajando la voz—, sé que esto es muy duro, pero tiene que plantearse denunciar. Esto no es solo una falta ética; es un delito.
Salí del centro de salud como si las banquetas se hubieran inclinado ligeramente, obligándome a caminar en diagonal. Ciudad de México seguía igual: coches, gente hablando por teléfono, el olor a café de los puestos. Pero algo en mí se había roto en un punto al que no llegaba el aire.
En el metro de vuelta a casa, miré mensajes antiguos de Alejandro. Había uno, de la semana anterior: “Algún día, cuando todo esté más tranquilo, tendremos a nuestro bebé, lo prometo”. Lo leí una y otra vez, sintiendo cómo cada palabra se volvía venenosa.
Al llegar al departamento, él estaba en la cocina, preparando chilaquiles.
—¿Qué tal la revisión? —preguntó sin girarse, como si me hubiera mandado al dentista.
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