—Bien —mentí, dejando el bolso con demasiado cuidado sobre la mesa—. El doctor quiere repetir algunas pruebas.
Alejandro se giró entonces. Sus ojos oscuros me recorrieron el cuerpo, buscando algo.
—¿Algún problema?
Lo miré, intentando encontrar en su rostro al hombre con el que llevaba siete años. Vi al médico seguro de sí mismo, al profesional respetado en la ciudad, al marido que sabía exactamente qué decir en las reuniones familiares. Y por primera vez vi también al hombre que podía haber decidido, en una tarde cualquiera, cortar mi futuro sin siquiera preguntarme.
—Todavía no lo sé —respondí, sosteniéndole la mirada—. Pero lo voy a averiguar.
¿Qué descubrió Valeria en los archivos de la clínica que cambió para siempre su matrimonio… y por qué nadie parecía dispuesto a creerle?
Parte 2 …

Durante las semanas siguientes, mi vida se dividió en dos capas. En la superficie, todo continuaba igual: el trabajo en el despacho en Ciudad de México, las cenas con amigos, las visitas de mis suegros, las tardes de domingo viendo series en el sofá con Alejandro. Por debajo, en silencio, yo iba recopilando pruebas, informes, copias de correos, cualquier rastro que pudiera situarme en aquel viernes de sedación y “revisión profunda”.
Ricardo me derivó a una compañera suya en el Hospital General de México, la doctora Mariana Torres. Ella confirmó el diagnóstico sin titubeos: los implantes estaban bien colocados, el procedimiento era irreversible salvo con cirugía compleja y sin garantías.
—¿Firmé algo? —pregunté, desesperada, aunque sabía la respuesta.
—En su historial no consta su firma en ningún consentimiento para esterilización —respondió ella, mirando la pantalla—. Pero si el procedimiento se hizo en una clínica privada, necesitaríamos sus documentos.
Volví a casa con un plan. En la clínica de Alejandro, yo tenía acceso casi libre; era “la esposa del doctor”. Un martes por la tarde, cuando la recepcionista salió a comprar un café, pasé al despacho de administración. El corazón me golpeaba la garganta mientras buscaba mi nombre en el ordenador. Lo encontré: “Revisión integral + histeroscopia diagnóstica”, fecha del famoso viernes. Abrí el archivo adjunto: un documento escaneado, con un consentimiento informado que yo jamás había leído. Y al final, una firma. Mi firma. O más bien, una imitación bastante buena.
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