Imprimí todo y lo guardé en una carpeta azul que metí debajo de una manta en el maletero del coche. Esa noche, mientras Alejandro se duchaba, lo observé a través del vapor del cristal. El mismo cuerpo familiar, los mismos gestos. Me pregunté en qué momento había decidido que tenía derecho a decidir por mí.
La confrontación llegó sin planificarla. Fue un sábado por la mañana, desayunando. Él estaba leyendo en el móvil noticias médicas, como siempre. Yo puse la carpeta azul sobre la mesa, al lado del plato.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Tu obra —contesté, abriéndola y extendiendo las hojas delante de él—. El informe del hospital. Las imágenes de los implantes. El registro de tu clínica. El consentimiento que yo nunca firmé.
Alejandro tardó unos segundos en reaccionar. Primero miró los papeles con expresión neutra, casi clínica. Luego inspiró hondo.
—Valeria, puedo explicarlo.
—No quiero explicaciones —lo interrumpí, sorprendida por la firmeza de mi propia voz—. Quiero oírte decirlo en voz alta. Que me esterilizaste sin mi consentimiento.
Hubo un silencio denso, cargado de electricidad. Finalmente, dejó el móvil en la mesa.
—Te conozco —dijo, como si empezara una clase—. Sé lo mal que llevas el estrés, lo que te agobia la idea de ser madre. Siempre posponías. Siempre había una excusa. Yo solo… tomé una decisión por los dos. Para protegerte.
—¿Protegerme de qué? ¿De mi propio cuerpo? —me reí, un sonido seco, roto—. Me robaste la posibilidad de elegir, Alejandro.
Sus ojos se endurecieron.
—No fuiste capaz de elegir nunca. Alguien tenía que hacerlo. Y fue un procedimiento seguro. Te dormiste, no sufriste. Mira tu vida ahora: tu carrera, tu libertad…
—Mi libertad —repetí, saboreando la palabra como un veneno—. ¿Sabes que he ido a dos médicos más? ¿Que esto es un delito?
Por primera vez, vi miedo en su mirada. No por lo que me había hecho, sino por las posibles consecuencias.
—Podemos arreglarlo —dijo rápidamente—. Podemos buscar alternativas, fecundación in vitro, lo que quieras. Pero no vayas a denunciar. Nadie te va a creer. Soy un profesional respetado, Valeria. Y tú… tú siempre has sido algo inestable con estos temas.
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