Mi esposo era ginecólogo. Confiaba en él más que en nadie. Hasta que otro médico me dijo que estaba esterilizada… sin haberlo sabido jamás.

La amenaza estaba ahí, envuelta en un tono razonable. “Nadie te va a creer”. En una ciudad como Ciudad de México, la reputación lo es todo. Sabía que el Colegio de Médicos lo protegería todo lo posible, que sus colegas cerrarían filas. Sabía también que mi vida se convertiría en un campo de batalla si lo denunciaba: rumores, entrevistas, abogados, juicios.

Aun así, al lunes siguiente estaba sentada en una agencia del Ministerio Público, con la carpeta azul en el regazo, contando la historia a un agente que tomaba notas sin mirarme mucho. Luego vinieron las declaraciones, los informes periciales, las cartas del Colegio con un lenguaje frío, cuidadosamente neutro.

Meses después, el caso terminó en un archivo parcial. No encontraron “pruebas suficientes de falsificación voluntaria” en la firma; nadie quiso afirmar categóricamente que no hubiera consentimiento. Alejandro recibió una sanción ética leve del Colegio, una suspensión temporal de ejercicio que, en la práctica, solo le obligó a trabajar unos meses en otra clínica bajo el nombre de otro compañero que le cubría. La clínica siguió funcionando. Las pacientes siguieron entrando y saliendo.

Yo me mudé a otra zona de la ciudad. Cambié de despacho, de departamento, de cafetería favorita. El proceso de divorcio fue largo y frío, como una enfermedad que remite sin llegar nunca a desaparecer del todo. Un día, caminando por la colonia Roma, me crucé con una pareja joven empujando una carriola. El bebé dormía, ajeno al ruido. Sentí una punzada en el pecho, pero no fue solo dolor. Fue algo más complejo, irreductible.

En la consulta de Ricardo, meses después, cuando fui solo para una revisión rutinaria, él me miró con cuidado.
—¿Cómo está? —preguntó.

Pensé en responder “bien” por pura costumbre. Pero me quedé unos segundos en silencio.
—Estoy —dije al final—. No sé si bien, pero… estoy. Y sé lo que me han hecho. Eso nadie me lo va a borrar.

Ricardo asintió, sin decir nada más. Tomó nota en el ordenador, cambió de pantalla, siguió con su trabajo. Afuera, Ciudad de México seguía girando sobre su propio eje, indiferente.

Salí de la consulta, me mezclé con la gente en la calle y, por primera vez en mucho tiempo, sentí algo parecido a una decisión propia. No podía deshacer lo que Alejandro había hecho, ni cambiar un sistema que lo había protegido. Pero podía elegir el modo en que iba a vivir con esa realidad. Y esa elección, pequeña, imperfecta, era mía. Solo mía.

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