Nunca pensé que mi vida se desmoronaría en un pasillo de hospital que olía a antiséptico y mentiras silenciosas.
Mi esposo, Mark Thompson, había sufrido un accidente de coche una noche lluviosa de jueves. Los médicos dijeron que estaba en coma: estable, pero completamente inconsciente. Durante tres semanas, mi hija Lily y yo lo visitamos a diario. Le tomaba la mano, le susurraba recuerdos, le rogaba que nos escuchara de alguna manera. Lily solía sentarse cerca, sus deditos aferrándose a mi brazo como si temiera que me desmoronara.
Esa tarde comenzó como todas las demás.
La luz del sol se filtraba por las persianas, proyectando franjas doradas pálidas por la habitación. Las máquinas junto a Mark pitaban sin parar, frías e indiferentes. Le estaba contando sobre el proyecto escolar de Lily cuando de repente me tiró de la manga con fuerza.
"Mamá", susurró con urgencia, con la voz temblorosa. "Papá... Papá está despierto. Está fingiendo".
Me quedé paralizada. "Lily, cariño, eso es imposible".
Pero la mirada en sus ojos me detuvo.
Me puso el teléfono en las manos. "Mira".
En la pantalla había un video que había grabado esa misma mañana mientras salía a hablar con una enfermera. El ángulo era torcido, pero inconfundible. Mark, mi esposo, el hombre que todos decían que estaba inconsciente, abrió los ojos. Ni un tic. Ni un reflejo. Completamente despierto y alerta.
Echó un vistazo a la habitación, levantó un poco la cabeza y luego la bajó, volviendo a su inmovilidad, como un actor que regresa a su personaje.
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