Mi esposo estaba en coma después de un accidente de coche. Lo visité con mi hija. Me agarró del brazo y me susurró: «Mamá... papá está despierto. Está fingiendo».

En la pantalla había un video que había grabado esa misma mañana mientras salía a hablar con una enfermera. El ángulo era torcido, pero inconfundible. Mark, mi esposo, el hombre que todos decían que estaba inconsciente, abrió los ojos. Ni un tic. Ni un reflejo. Completamente despierto y alerta.

Echó un vistazo a la habitación, levantó un poco la cabeza y luego la bajó, volviendo a su inmovilidad, como un actor que regresa a su personaje.

En los últimos segundos, alguien apareció en escena.

La enfermera Rebecca Hayes, la asignada a Mark desde su ingreso.

Le rozó la mejilla con una familiaridad sorprendente.

Y él sonrió.

Se me revolvió el estómago.

Reproduje el video una y otra vez. Tres veces, apenas respirando. El hombre que yacía inmóvil en esa cama había estado actuando todos los días mientras su esposa e hija lloraban a su lado.

Mi corazón latía con fuerza mientras agarraba la mano de Lily.

"Nos vamos", dije con la voz entrecortada.

"¿Mamá, qué pasa?", preguntó.

"No lo sé", respondí, llevándola hacia la puerta. "Pero no nos quedaremos aquí ni un segundo más".
Me temblaban las piernas mientras la guiaba por el pasillo. Las luces se sentían demasiado brillantes, el espacio demasiado vacío, demasiado irreal. Con cada paso que me alejaba de aquella habitación, algo dentro de mí se apretaba: miedo, traición, rabia.

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