La ayudó a cambiarse allí mismo en la calle, intentando no mojar la ropa. En su bolso encontró unas manoplas viejas que no eran de su talla, pero no estaba en situación de elegir. “Aguanta un poco, pequeña. Enseguida subiremos al autobús y allí hará calor. Y luego llegaremos a casa de la tía Isabel. Nos dará un chocolate caliente con bizcochos.” El chocolate caliente era la debilidad de Lucía. Le gustaba tanto que podía comerse la tableta entera si no la vigilaban.
Elena recordó como en la casa de campo de su suegra recogían moras y luego hacían mermelada. Eso fue hace 3 años. La señora Pilar todavía la trataba con normalidad. Entonces, le enseñaba a hacer conservas, le explicaba cómo debía ser una buena ama de casa. Una mujer hija debe saber cuidar de su marido, de sus hijos y de su despensa. La parcela era el orgullo de su suegra. Allí cultivaba de todo, desde patatas hasta uvas. Huertos separados por caminos de ladrillo, una casita coqueta con porche, una pequeña piscina que Carlos había construido con sus propias manos.
Los fines de semana solían ir allí toda la familia. Carlos se ocupaba de las tareas de hombres. Elena ayudaba a su suegra en el huerto y Lucía, que entonces era muy pequeña, perseguía mariposas y comía grosellas directamente del arbusto. Por las noches tomaban infusiones en el porche, escuchaban una vieja radio y miraban las estrellas. El recuerdo fue interrumpido por el claxon de un coche. Elena se sobresaltó y agarró con más fuerza la mano de Lucía. Ya casi habían llegado a la parada del autobús.
La marquesina de cristal estaba cubierta de grafitis y anuncios. Compro oro, vidente María. Soluciono todos sus problemas. Se necesita personal de limpieza. Alquilo habitación a mujer sola sin malos hábitos. Este último anuncio llamó la atención de Elena. Arrancó el papelito y se lo guardó en el bolsillo. Nunca se sabe. Dentro de la marquesina, una anciana con un abrigo gastado y un gorro de lana estaba sentada abrazando un bolso. Al ver a Elena con la niña y la caja, se hizo a un lado para dejarle sitio en el banco.
Sentaos, guapas. Con una cría no se puede estar pasando frío. La anciana hablaba con un marcado acento del sur. Elena asintió agradecida y se sentó dejando la caja a sus pies. Lucía se acurrucó enseguida contra su madre para calentarse. La anciana las observaba con interés, pero no hizo preguntas, cosa que Elena agradeció enormemente. ¿Esperáis el último autobús? El que va al centro ya no pasa estas horas, solo queda el circular. dijo finalmente la anciana sacando un bocadillo envuelto en papel de periódico.
Elena se quedó helada. No había pensado en los horarios. Claro, a esas horas ya no había líneas directas al barrio donde vivía Isabel y con el circular no llegaría. Y para llegar al barrio de la Alameda, preguntó Elena con un hilo de esperanza. La anciana negó con la cabeza. A la Alameda solo con transbordo en el centro y la estación central ya ha cerrado. ¿No lo sabíais? Es que ha surgido un imprevisto. Elena no supo qué responder.
La situación se volvía desesperada. Hacía frío. El dinero no le llegaba para un taxi. Desde su barrio hasta la Alameda había al menos 30 km. No tenían donde pasar la noche. No conocía a nadie por la zona. ¿Y usted a dónde va? Se interesó Elena. Yo, al turno de noche en la panificadora industrial. Hago unas horas de limpiadora, con la pensión no llega y así saco un dinerillo extra. Además, nos dan pan del día bien rico. De repente a Elena se le ocurrió una idea descabellada.
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