Semanas después, visité la tumba de mi padre con vistas a la ciudad. Llevé claveles blancos, sus favoritos. Se lo conté todo.
“No me dejaste dinero”, susurré. “Me diste libertad. Y propósito”.
La brisa mecía las ramas. Me sequé las lágrimas y me puse de pie.
Había sobrevivido.
Me había levantado.
Y ahora ayudaba a otros a hacer lo mismo.
Porque a veces, la mayor herencia no es la riqueza, sino la oportunidad de cambiar vidas.
Comparte esta historia para recordarle a otros: empezar de nuevo no es el final. Es el principio.
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