"¿Dónde está el cumpleañero?", bromeó alguien.
"Probablemente sea el tráfico", dije, mirando mi teléfono. No había mensaje.
A las 7:20, los faros de un coche iluminaron las ventanas.
"¡Aquí está!"
La música bajó de volumen. La gente se giró.
Me dirigí a la puerta, lista con una sonrisa.
Ryan entró.
Y la besó en la sien.
Su mano se posó en su cintura como si perteneciera a ese lugar.
Era más joven que yo: veintitantos, refinada, segura de sí misma.
Por una fracción de segundo, mi cerebro buscó explicaciones a toda prisa.
Una compañera de trabajo. Un viaje a casa. Un malentendido.
Entonces la besó de nuevo.
"Realmente te superaste", dijo.
La sala se sumió en ese silencio denso, de película.
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