Mi esposo presionó mi huella dactilar contra su teléfono mientras estaba sedada y la usó para intentar comprarle una casa de lujo a su madre, sin darse cuenta de que me había preparado precisamente para ese tipo de traición.
PARTE 1
Desperté con el penetrante y estéril olor a antiséptico: lejía y alcohol envueltos en dolor. Las luces fluorescentes sobre mí se sentían cruelmente brillantes, pero nada dolía más que el insoportable vacío en mi cuerpo. No necesitaba preguntar. La voz temblorosa de la enfermera y sus ojos llenos de compasión me lo dijeron todo.
"Lo siento mucho... hicimos todo lo posible".
Mi bebé se había ido.
Michael se sentó junto a mi cama, encorvado hacia adelante, interpretando a la perfección el papel de un esposo destrozado. Para cualquiera que lo viera, parecía devastado. Pero su madre, Eleanor, permanecía rígida cerca de la ventana, con los brazos cruzados, mirando su reloj como si esta pérdida fuera un inconveniente para su agenda.
La medicación me sumió en una especie de confusión: ni dormida del todo, ni completamente despierta. A través del zumbido de las máquinas del hospital, los oí susurrar.
"El doctor dijo que apenas lo recordará", murmuró Michael con calma. "Solo necesitamos su huella dactilar".
El pánico me invadió, pero mi cuerpo no respondía. Sentí que me levantaban el brazo. Mi dedo presionaba el cristal frío. Una vez. Dos veces.
La pantalla de un teléfono.
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