—Ya no puedo mantener a una mujer sin trabajo. ¡Lárgate!
Las palabras cayeron como un golpe seco, sin aviso, sin compasión.
Ni siquiera me miró cuando las dijo.
Tomó las llaves, abrió la puerta y se fue…
mientras yo seguía en pleno trabajo de parto, con el cuerpo doblado por el dolor, las manos temblando, el corazón latiendo con pánico.
Me dejó sola.
Abandonada justo en el momento en que más lo necesitaba.
Nunca imaginé que una vida pudiera romperse y reconstruirse en un solo fin de semana.
Tres días antes de que comenzaran las contracciones, recibí una llamada que me dejó sentada en el suelo frío de la cocina de nuestro departamento en Querétaro, sin fuerzas para levantarme.
El abogado habló despacio, con una formalidad que contrastaba con la bomba que estaba soltando:
Mi abuelo materno había fallecido.
Hacía años que no teníamos contacto. Apenas lo conocía. Pero entonces llegó la frase que me robó el aire de los pulmones:
—Su abuelo la nombró heredera universal. La herencia supera los doscientos millones de pesos mexicanos.
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