Mi esposo no tenía ni idea de que yo acababa de heredar doscientos millones de pesos mexicanos, y antes de encontrar el valor para decírselo, me miró con desprecio y me gritó

Sentí que el mundo giraba.
No alegría. No emoción. Solo vértigo.

El abogado fue claro: el trámite aún no estaba cerrado y, por seguridad legal, debía mantenerse en absoluto secreto hasta que todo estuviera firmado.

Planeé contárselo a mi esposo, Rodrigo, después del parto.
Pensé que sería un nuevo comienzo.

Pero Rodrigo llevaba meses cambiando. El dinero lo había vuelto amargo. Cada recibo lo irritaba, cada gasto lo hacía estallar. Su voz se volvía dura, impaciente, cortante.
Yo me repetía que era estrés. Presión. Miedo a convertirse en padre.

Me equivoqué.

Esa noche, mientras doblaba la ropa diminuta de nuestro hijo, Rodrigo me observó como si yo fuera un mueble viejo, algo inútil que ocupaba espacio.
Habló sin levantar la voz. Sin emoción. Sin alma.

—Ya no puedo seguir manteniéndote.

Me quedé helada.

—Estoy embarazada… estoy a punto de dar a luz —susurré, apoyándome en la mesa para no caer.

Él tomó las llaves con un gesto cansado.

—No es mi problema. Ya terminé contigo.

Y se fue.

Horas después, rompí fuente.

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