Mi esposo no tenía ni idea de que yo acababa de heredar doscientos millones de pesos mexicanos, y antes de encontrar el valor para decírselo, me miró con desprecio y me gritó

Una mujer elegante entró detrás de él.

No hizo ruido.
No necesitó hacerlo.

Abrigo de diseñador perfectamente entallado, tacones finos que no parecían incómodos, postura recta y una seguridad absoluta en la mirada. De esas mujeres que no levantan la voz porque no lo necesitan.

Me observó unos segundos. No con curiosidad. No con lástima.
Con reconocimiento.

Luego giró lentamente el rostro hacia Rodrigo y dijo, con total naturalidad, como quien enuncia un dato evidente:

—Ella es mi directora general.

El aire se volvió pesado.

Rodrigo se quedó completamente inmóvil, como si alguien le hubiera desconectado el cuerpo.
Parpadeó varias veces.

—¡No digas tonterías! —gritó de pronto, demasiado fuerte—. ¡Estás bromeando!

La mujer no se alteró. Ni un músculo de su rostro cambió.

—No —respondió con calma—. Ella es Clara Montoya, fundadora y CEO.

Entonces lo entendí todo.

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