Los Cambios Silenciosos que No Desaparecían
Pasaron las semanas. El rostro de Maya palideció. La ropa le quedaba más suelta. Dejó de invitar a sus amigos y dejó de preocuparse por los proyectos escolares que antes le encantaban.
La vi mover la comida en el plato y afirmar que no tenía hambre. La vi estremecerse al agacharse para atarse los zapatos. La vi encerrarse aún más en sí misma, como una puerta que se cierra lentamente.
Lo que más me asustaba no era el dolor físico.
Era el silencio.
Maya solía hablarme de todo. Ahora evitaba el contacto visual. Sus respuestas eran breves y cautelosas. Y cada vez que Robert entraba en una habitación, sus hombros se tensaban, solo un poco, pero lo suficiente como para que una madre lo notara.
Una noche, pasada la medianoche, oí un suave sonido proveniente de su habitación.
Abrí la puerta y la encontré acurrucada en sí misma, con las rodillas apretadas contra el pecho y las lágrimas empapando su almohada.
“Mamá”, susurró, apenas audible, “me duele. No puedo detenerlo”.
En ese momento, mi vacilación se disipó.
Una decisión tomada en secreto
La tarde siguiente, mientras Robert estaba en el trabajo, le dije a Maya que cogiera su chaqueta.
No hizo preguntas. Simplemente me siguió hasta el coche, moviéndose lentamente, como si cada paso requiriera esfuerzo.
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