Me levanté en silencio, abrí la caja fuerte del estudio y saqué una carpeta azul que no tocaba desde hacía mucho tiempo.
La abrí.
Releí la cláusula.
Y por primera vez en diez años…
Sonreí.
Porque si él quería dividir las cuentas…
Tal vez estaba a punto de dividir mucho más de lo que imaginaba.
A la mañana siguiente preparé el desayuno como siempre.
Café sin azúcar. Pan tostado apenas dorado. El jugo exactamente como le gustaba.
Diez años enseñan rutinas que el cuerpo repite incluso cuando el corazón ya no quiere.
Él bajó con esa seguridad nueva, casi arrogante.
—Estuve pensando —dijo mientras revisaba el celular—. Podemos hacer un documento formal. Para que quede claro lo del cincuenta y cincuenta.
—Perfecto —respondí sin levantar la vista.
Le sorprendió mi tono. No había lágrimas. No había reclamos.
Eso lo desconcertaba más que cualquier discusión.
Durante el día hice tres llamadas.
La primera, a un abogado que no veía desde hacía años.
La segunda, al contador que llevaba nuestra empresa.
La tercera, al banco.
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