Mi esposo recibió un regalo de Navidad de su primer amor y, cuando lo abrió frente a nosotros, dijo: “Tengo que irme”, con lágrimas en los ojos.

—No puedo —dijo. “Todavía no. Necesito resolver esto.”

“¿Resolver qué?” Alcé la voz. “Esta es nuestra vida. No puedes irte sin dar explicaciones.”

Finalmente me miró a los ojos. Estaba pálido, con los ojos enrojecidos.

“Lo siento”, dijo en voz baja. “Por favor. Tengo que hacer esto solo.”

Y con eso, se fue, el día de Navidad.

La puerta principal se cerró con un suave clic que, de alguna manera, pareció más fuerte que un portazo.

Lila y yo nos sentamos en silencio. Las luces parpadeaban, los rollos de canela se quemaban en el horno y el tiempo se arrastraba.

Le dije a Lila que papá tenía una emergencia y que pronto volvería a casa. No lloró, pero apenas habló.

Revisé mi teléfono una y otra vez. Greg no llamó. No envió mensajes.

Lila y yo nos quedamos allí, juntas en silencio.

Cuando finalmente regresó, eran casi las nueve de la noche. Parecía completamente agotado, como alguien que acaba de regresar de una batalla. La nieve se le pegaba al abrigo y su rostro estaba hundido y tenso.

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