Luego vinieron los comentarios sobre mi memoria. El día que perdí las llaves del coche, negó con la cabeza y dijo: "Otra vez con la mente de la menopausia". Reírse así, de alguna manera, lo hacía menos mordaz. Si olvidaba un detalle, anunciaba: "Ahí va: hormonas", y se reía para darle un toque más impactante.
Como si eso lo excusara.
Al principio, se quedaba en casa. Luego nos seguía afuera: a cenas con amigos, barbacoas familiares, reuniones del barrio. Cada vez, me sentía más pequeña. Expuesta. Avergonzada.
Decía los comentarios como si fueran parte de su rutina cómica, pero nunca me parecían chistes. Al menos a mí.
Cada uno me desgastaba algo por dentro.
Así que sonreí. Aguanté. Aprendí a respirar despacio, a esperar el momento de escaparme al baño y cerrar la puerta con llave. Me miraba fijamente, preguntándome cuánto tiempo más podría seguir tragándome esto.
Si has pasado por eso, lo entiendes.
Entonces llegó la noche que lo cambió todo.
Rick invitó a su jefe, David, a cenar; solo él, sin otros ejecutivos.
Ese era el momento. La noche que Rick insistió en que finalmente "consolidaría" el ascenso que había estado buscando durante más de un año. No me preguntó mi opinión. Me lo informó.
"Asegúrate de comportarte", dijo, arreglándose el pelo en el espejo.
"Ponte presentable. Y por Dios, no te emociones".
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