Mi esposo se burló de mi menopausia durante muchos años y luego invitó a su jefe a cenar.

Observó. Parpadeé una vez. Luego aparté la mirada en silencio.

Me recosté en la silla, con el corazón acelerado, fingiendo que no me habían convertido en una broma en mi propia casa.

El resto de la noche transcurrió en una neblina.

Apenas recuerdo haber recogido los platos, haberme saltado el postre o haberme quedado allí de pie mientras Rick presumía de sí mismo como si yo no estuviera presente, o como si fuera solo un mueble más de la habitación.

Cuando la puerta por fin se cerró tras David, Rick se giró hacia mí, prácticamente radiante.

"¿Ves?", dijo con orgullo. "Lo he conseguido. Ese ascenso por fin es mío".

No respondí.

Me fui directa a la cama, despierta en la oscuridad, mirando al techo. Me sentía ridícula. Invisible. Como un chiste y un fantasma a la vez.

Más tarde esa misma noche, oí a Rick abajo hablando por teléfono. Su voz era baja, cautelosa. Hablaba con frases a medias, referencias vagas, cambios repentinos en su horario. Era tarde, demasiado tarde para una charla informal de trabajo.

A la mañana siguiente, sonó mi teléfono.

Número desconocido.

Casi lo ignoré, pero algo me animó a contestar.

"Hola", dijo una voz masculina tranquila. "Soy David, el jefe de Rick. De anoche".

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.