Y yo también.
Firmé.
Y al dejar el bolígrafo, sentí algo que no había sentido desde antes de casarme:
Ligereza.
Parte 8 — El final que realmente importa
No fue vender la mansión.
No fue cancelar las tarjetas.
No fue verlos parados afuera de una casa que creían suya.
El verdadero final llegó semanas después, un domingo, cuando llegué temprano a mi oficina, la misma oficina en la que solía quedarme hasta tarde para mantener a una “familia” que se alimentaba de mí.
Apagué la luz principal.
Me quedé en la oscuridad, escuchando el silencio.
Y me dije a mí misma, en voz baja, como si le hablara a la mujer que solía ser:
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