"Gracias", susurró.
"No hace falta que me des las gracias", respondí. "Las familias no son perfectas. Pero tienen que ser sinceras".
Asintió con la esperanza brillando en sus ojos.
Esa noche, no se retiró a la habitación de invitados.
Volvió a nuestra cama.
Sin fingir. Sin excusas. Solos los dos en la oscuridad, uno al lado del otro otra vez. Escuché su respiración y me di cuenta de que ya no me estaba preparando para el impacto.
"Oye", murmuró.
"¿Sí?"
"Lo siento. Por todo".
"Lo sé", dije. "Pero prométeme algo".
"Lo que sea".
"Se acabaron los secretos. De ahora en adelante, lo afrontaremos todo juntos. Para lo bueno y para lo malo".
Me apretó la mano bajo la manta. "Juntos". Y de alguna manera, en ese momento de tranquilidad, le creí.
Porque el amor no se trata solo de comodidad y rutinas compartidas. Se trata de permanecer unidos cuando las cosas se derrumban y elegir reconstruir.
Incluso cuando la confianza se quiebra, el amor verdadero puede recomponerla.
Al quedarme dormida, con su mano en la mía, entendí algo con claridad:
No estábamos terminando.
Estábamos empezando de nuevo.
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