"No me parece bien", dije con sinceridad. "Pero no voy a castigar a un niño por algo que no ha causado. Si vas a formar parte de su vida, yo también tengo que formar parte de ella". Sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo. "No tienes idea de lo que eso significa para mí".
"No me lo agradezcas", dije, poniéndome de pie. "Solo no me mientas otra vez".
"No lo haré", prometió.
Dos semanas después, fuimos en coche a una pequeña biblioteca donde Caleb nos esperaba.
Se puso de pie cuando llegamos, con la mochila al hombro y los nervios reflejados en su rostro.
Ethan salió primero. "Hola, Caleb", dijo con dulzura.
Caleb sonrió tímidamente. "Hola".
Ethan se giró hacia mí. "Esta es mi esposa, Anna".
Me acerqué y le ofrecí una cálida sonrisa. "Hola, cariño".
"Hola", repitió en voz baja.
Pasamos la tarde hablando. Almorzamos en un restaurante cercano. Caleb se mostró brillante y torpe, con esa dulce personalidad de preadolescente. Habló del club de robótica, de aprender a programar, de sus clases favoritas.
Y en algún punto entre sus bromas nerviosas y su silenciosa curiosidad, algo dentro de mí cambió.
La ira no había desaparecido, pero se había suavizado.
De camino a casa, Ethan me tomó la mano.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
