“Mi hermana me empujó al mar desde el yate y gritó: ‘¡Saluda a los tiburones de mi parte!’ ¿Y mis padres? Simplemente se quedaron ahí, sonriendo fríamente, como si presenciaran mi muerte. Su plan era robar mis 5.600 millones de dólares. Pero cuando regresaron a casa… yo ya los estaba esperando, envuelto en la oscuridad. ‘También tengo un regalo para ustedes,’ susurré, y esta vez, nadie escaparía de su destino.”

Al golpear el agua, escuché su voz: clara, aguda, inolvidable.

‘¡Saluda a los tiburones de mi parte!’.

Salí a la superficie el tiempo suficiente para ver el yate alejándose. En la cubierta, mis padres estaban de pie uno al lado del otro. No gritaban. No buscaban salvavidas. Estaban sonriendo.

La verdad golpeó más frío que el mar. Me necesitaban muerta. Mi testamento, mis fideicomisos… todo se transferiría a la familia. Ahogamiento accidental. Trágico. Limpio.

Pero el destino no siempre coopera.

Nadé durante casi una hora, luchando contra los calambres, el terror y el agotamiento. Finalmente, un barco de pesca me vio. Con hipotermia, sangrando, pero viva. No llamé a mi familia. No denuncié el incidente. Desaparecí.

Tres meses después, la familia Carter regresó a nuestra residencia en Londres después de llorar públicamente mi ‘muerte’. La casa estaba en silencio cuando entraron.

Entonces encendí las luces.

‘Sobreviví’, dije con calma. ‘Y les traje un regalo’.

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