En el coche, me temblaban tanto las manos que me costó arrancar el motor.
No lloré.
No pude.
Mi mente no dejaba de repasar lo que había visto debajo de la tirita, intentando desesperadamente encontrar una explicación inofensiva.
Nada tenía sentido.
Cuando llegué a casa, mi marido estaba en la cocina, tarareando como si fuera un día cualquiera.
“Hola”, dijo con voz suave. “¿Cómo está el bebé?”
Había algo en su forma de preguntar —demasiado suave, demasiado informal— que me puso los pelos de punta.
“Bien”, respondí.
Se inclinó para besarme la mejilla.
Giré la cara para que sus labios se encontraran con el aire.
Hizo una pausa. “¿Estás bien?”
“Solo cansada”, dije.
Me observó brevemente y luego se encogió de hombros como si no valiera la pena el esfuerzo. “Un día largo”, murmuró, alejándose.
Lo vi salir de la habitación y algo cambió en mi interior.
No había claridad. Todavía no.
Solo un hilo que se tensaba.
Esa noche no confronté a nadie.
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