No le escribí a mi hermana. No llamé a mi mamá.
Me quedé en silencio.
Y comencé a observar.
Noté que mi esposo se lavaba las manos más tiempo de lo habitual al llegar a casa.
Noté que mantenía el teléfono boca abajo.
Noté cómo se estremecía cuando sonaba.
Noté el repentino regreso de los “recados rápidos” que no había necesitado en meses.
Y noté cómo me miraba cuando pensaba que no le prestaba atención, como si estuviera midiendo cuánto sabía.
Empecé a vivir en un estado de alerta.
Dos días después, mientras él se duchaba, hice algo que nunca imaginé.
Entré al baño y abrí su cajón.
Tomé su cepillo.
Tenía las manos firmes, y esa firmeza me asustó más que el pánico.
Con cuidado, separé mechones de pelo de las cerdas y los envolví en un pañuelo de papel.
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