Esa noche, entré en casa, dejé las llaves y me enfrenté a mi marido.
Sonrió como si nada se hubiera roto.
"Hola", dijo. "¿Qué hay para cenar?".
Levanté el teléfono.
Su sonrisa se desvaneció.
“¿Qué es eso?” susurró.
Mi voz sonó firme.
“Sé por qué no me dejaba sostener a Mason.”
Tragó saliva y apartó la mirada.
Y finalmente, salieron las palabras que no había podido decir en su sala.
“Vi la marca debajo de la tirita.”
Su rostro palideció.
En ese momento, no me sentí confundida ni impotente.
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