Mi hermana quedó embarazada de mi prometido… así que me casé con su jefe, el hombre con el que había estado obsesionada durante años.

El silencio es tan agudo que parece que desgarra los pétalos a tu alrededor.
La acusación de Valentina flota en el aire, temblorosa, y todos los invitados se giran hacia ti a la vez, como flores que se inclinan ante una tormenta inminente. Tu ramo de repente se siente increíblemente pesado, como si cada rosa blanca hubiera absorbido el peso de la traición. Los dedos de Diego se aprietan alrededor de los tuyos, firmes y cálidos, como un latido prestado que te ancla.

Intentas tragar saliva, pero el nudo en tu garganta se niega a moverse.

Porque lo más doloroso no son sus gritos. Es el breve y aterrador momento en que te preguntas si la sala realmente la creerá.

Valentina se acerca, con la barbilla en alto, las lágrimas perfectamente suspendidas en el borde de sus pestañas. Siempre ha sabido fingir inocencia, incluso cuando es ella quien enciende la cerilla. Su vientre redondeado presiona contra el satén, un signo de puntuación viviente en su versión de los hechos.

“Hiciste esto para lastimarme”, dice, con la voz quebrada, precisamente de la forma en que la gente quiere protegerla. “Siempre has tenido que ser la elegida”.

Tu madre se lleva las manos a la boca. Tu padre aprieta la mandíbula. Algunos invitados bajan la mirada, como si mirar la hierba pudiera protegerlos de la incomodidad.

Diego no te suelta la mano.
Se mueve ligeramente hacia adelante, colocándose entre Valentina y tú sin dramatismo ni alarde. Sin heroicidades, solo con la decisión silenciosa de no estar sola. Cuando habla, su voz tranquila rompe la tensión.

“Valentina, este no es el momento”.

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